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Sócrates nos enseñó que el “secreto del cambio es concentrar toda la energía en los hechos y solo en los hechos, sin confrontar lo viejo, construyendo lo nuevo”. Por otro lado, la vieja sabiduría africana dice que “cuando queremos ir rápido vamos solos y cuando queremos llegar lejos tenemos que ir juntos”.

Ante esta nueva y dolorosa realidad a escala planetaria, donde probablemente poco o nada será igual, el fútbol tiene dos opciones:

– Una es creer que para “construir lo nuevo” es fundamental saber cómo marcar la diferencia de antemano, tomando la delantera y la primera línea de esta aventura con decisiones y opciones difíciles pero factibles y sostenibles.

– Otra es esperar a que la ciencia nos anuncie un nuevo Mesías y nos vacune a todos, creyendo que, algún día, todo volverá al pasado y como antes, reiniciando las competiciones, como si nada hubiera pasado.

En la situación actual, creo que es un imperativo inevitable y más realista elegir la primera. A pesar del riesgo de posibles daños y pérdidas, estos siempre serán, en medio de todo, menos penalizadores y costosos, en comparación con las consecuencias y el precio de la inmovilización inconsecuente y las opciones que son difícilmente factibles y están fuera de control, considerando la situación actual de salud y economía.

De esta manera, junto con los sacrificios y sufrimientos, el fútbol tendrá que liberarse, en lo inmediato, de algunas de las buenas y brillantes rutinas y soluciones de la “era previrus”, empezando por crear en la “era posvirus” una plataforma nueva y diferente para la innovación y la gestión, hacia el renacimiento del fútbol.

Ante este terremoto gigantesco, de consecuencias caóticas e incalculables, y con innumerables ajustes dolorosos de las placas tectónicas de nuestras sociedades y economías, necesitamos con urgencia un movimiento renacentista en el fútbol, que nos inspire y guíe a la viabilidad inmediata de las competiciones y a su sostenibilidad.

Por último, el fútbol tiene que crear esperanza. Por eso, es hora de que los verdaderos sabios del futuro entren al campo. Y todo esto debido a un microorganismo, sin vida propia ni inteligencia. Y ojalá sin futuro.

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